La mujer etérea


La mujer baja de su auto, es un Hyundai dorado. Tira un cigarrillo a medio fumar a casi medio metro de ella y lo pisa, inmediatamente, un escupitajo a no menor distancia.

Es rubia, de cabello medio largo y suelto. Es de tez blanca, pero está ligeramente bronceada. Tiene puestos unos lentes oscuros que ocultan quizás unos ojos acabados de llorar o en todo caso que la cubren del sol que no es muy sofocante como de costumbre. La mujer no es muy alta o no es alta, pero eso no es impedimento para notar que posee unos atributos deseables, atractivos, pero sobre todo y esto es lo que más me llama la atención, posee una belleza tranquila, natural. Lleva puesto una camiseta de tiras que dejan a la vista de cualquiera percibir la firmeza de unos senos prominentes, blue jean ajustado y sandalias.

La miro con asombro, ensimismado, porque a pesar de haber arrojado ese escupitajo feroz y ser claramente una fumadora la mujer no me produce una impresión desagradable, en cambio lo que me provoca es una extraña admiración, como si llevara escrito en la frente (o en el mejor de los casos en el pecho): ''Soy lo que soy, quiéreme o te vas a la mierda''.

Está sola. Es una chica inteligente. Las personas inteligentes siempre están solas, pienso mientras la veo disimuladamente. Cierra el carro mientras este hace un sonido extraño y camina hacia el centro comercial. Camina a paso ligero, al parecer no tiene apuro, esquivando a los hombres que la miran con ojos lujuriosos. Yo camino unos metros detrás de ella. Parece ser que nuestro camino es el mismo. Dichosa coincidencia. Nos echamos a andar, yo detrás de ella, claro está, como si la siguiera, tratando de que ella no se dé cuenta.

Es encantador verla mientras camina. Primero ver su cabello rubio suelto que desemboca en su media espalda con finas ondulaciones. Sus hombros llenos de lunares y pecas contrastan con su bronceado y yo encantado de mirarla, de ver como camina, de presenciar a esa criatura ajena a mi moviéndose. Me ha dejado pasmado como hace tiempo una chica no lo hacía y eso me ha hecho recordarla a ella, a esa mujer que me fue esquiva hace un par de años.

Entra a la cafetería, pide una café. Yo pido un cappuccino mientras espero a mis padres. La mujer se sienta, se quita los lentes, me deja ver esos ojos color almendra hechizantes, revisa el celular, toma un sorbo del café y hace un gesto de desagrado. No le gusta el café pero lo ha pedido para sentarse ahí mientras espera a alguien. Yo tomo un sorbo de mi cappuccino y también hago ese mismo gesto de desagrado, porque no lo había endulzado. La mujer divisa el lugar, como buscando a alguien con la mirada perdida mientras intenta tomarse otro sorbo de su café. Vuelve a revisar el celular y sin dudarlo echa para atrás su silla, se levanta, coge su cartera, como el cigarrillo el café también lo ha dejado ahí a medias. Mientras camina para irse pasa por la mesa en la que estoy yo y me regala una sonrisa cómplice, pícara, como si supiera que por casualidad la he seguido hasta ese café, que la he estado observado desde que se bajo del auto. No cabe duda que es una mujer inteligente y sabe que jamás la volveré a ver, por eso me regala ese gesto adulador. Quizás sea extranjera, no lo sé. Lo único que sé es que mientras se iba la he seguido con la mirada y pensado que esa mujer me ha recordado mucho a ella, a esa mujer que ya no esta y que no sé donde esta.

Ir a la iglesia


Mi madre me ha pedido ir al culto de la iglesia. Se lo ha pedido a mi hermano mayor y a mi que no solemos asistir. Me lo ha pedido con más vehemencia que otras veces para que la acompañe, porque dice que será un día especial en la iglesia, celebrarán el día del pentecostés (no sé que es eso). Luego de tantos esquivos y negaciones para evitar asistir a la iglesia, mi madre ha conseguido que acepte porque ya no he podido inventarle otra excusa más para que la acompañe a esa ceremonia profundamente aburrida. Entonces iré a la iglesia no porque me nazca ir, asistiré a la iglesia para complacer a mi madre y permitirme ser, por un par de horas, un buen hijo. Tengo claro que ir a la iglesia sin fe es como ir a un restaurante sin hambre. Uno no puede ir a la iglesia simplemente porque otra persona quiere o te obliga que vayas. Eso, señores, debe nacer de uno mismo.


Me he vestido decentemente porque no quiero que cuando lleguen me vean como un bicho raro que no respeta la iglesia, que le da igual llegar de forma desfachatada a la casa de Dios. Me he vestido de forma decente porque sé que a mi madre le gusta verme vestido así cuando voy a la iglesia.

Hace años no asisto a la iglesia. Hace mucho tiempo no rezo. Desde los dieciséis años no creo totalmente en Dios, deje de creer porque esas ideas no iban con las mías. Hace un par de días me persigné a causa de un impulso repentino y extraño a mis costumbres morales y religiosas. Durante un par de años fui deísta porque de cierta forma creía en Dios. No pertenezco a ningún tipo de religión debido a que mis padres nunca decidieron bautizarme. Considero que han hecho bien en no hacerlo y escoger a su criterio mi tipo de religión. Los padres no deberían bautizar a sus hijos sin dejar que ellos decidan libremente la religión a la que quieren pertenecer, o en cierto caso, como el mío, no pertenecer a ninguna religión y considerarse agnóstico. Como una vez dijo Dalai Lama: la mejor religión es la que te aproxima más al Universo, al Infinito. Es aquella que te hace mejor. Aquello que te hace más comprensivo, más sensible, más desapegado, más amoroso, más humanitario, más responsable, más ético. La religión que consiga hacer eso de ti es la mejor religión. Esta definición la considero sabia e irrefutable acerca de lo que debería ser la religión para cada uno de nosotros.

Cuando he llegado a la iglesia me he sentido principalmente hipócrita. A la entrada habían como cinco señoras mayores que recibían a las personas extendiéndole la mano y diciendo cada una: ‘Bienvenido, Dios lo bendiga’. Y digo que me sentía principalmente hipócrita porque yo impostaba una sonrisa entre tonta y amable y les daba las gracias cuando todos respondían ‘amén’. Pero yo no puedo responderles con el amén, no puedo llegar y sentirme que sigo esas reglas verbales litúrgicas o como se llamen. No puedo llegar y sentirme igual de creyente como los demás, que no son todos seguramente. Perdónenme, pero soy lo que soy. Pensábamos que habíamos llegado tarde (un alivio para mi), pero aun no había empezado el culto y nos sentamos en unas sillas cubiertas de una tela azul a esperar que empiece el culto. En mi caso no esperaba que empiece, sino que termine.

Las pocas veces que he ido a la iglesia he podido sentir dos cosas totalmente distintas. Alguna que otra vez he sentido, al entrar a la iglesia, una cierta tranquilidad espiritual, como si estar allí adentro fuera la paz que necesito y que no tengo en casa. Pero otras veces, y esta vez ha sido el caso, he entrado incrédulo, frívolo, y he quedado contrariado con cada palabra que parloteaba el pastor, viéndome aplaudir forzosamente cuando cantaban porque mi pequeño hermano me lo pedía, bostezando despiadadamente e irrespetando la casa de Dios. No he debido de asistir, pienso, mi madre no me tuvo que haber pedido que venga. No es extraño estar ahí y ver que más de uno está ahí igual de aburrido que yo, como si estuvieran obligados a estar ahí. No es extraño ver a la mayoría aplaudiendo y cantando y levantando las manos con una fe fervorosa que me resulta ajena, que la admiro y me conmueve, una fe que se me ha hecho esquiva.

Gracias a Dios luego de cuatro largas horas el culto se ha terminado. Sin duda no la he pasado nada bien, aunque complacer a mi madre de modo alguno me hace sentir bien. Me han gustado las dramatizaciones que han hecho los chicos y chicas de la iglesia, ha sido lo más entretenido y notable para mi. Ir a la iglesia no es malo, ir a escuchar la palabra de Dios tampoco es malo, mientras quien lo haga, lo haga con fe. Por esa razón, no volveré por un buen tiempo a la iglesia. No creo que mi madre me lo vuelva a pedir. Ella sabe que mis creencias no son tan fuertes como la de mi hermano menor o como las de ella, lo que no sabe es que tiene un hijo agnóstico y que no se lo he dicho para evitar discrepancias con ella. Por ahora tengo un conflicto religioso en mi cabeza que no me permite creer en un Dios, aunque creo en el Dios que está en la consciencia de mi hermano y mi madre.

Que Dios bendiga a mi familia y si no es mucho pedir, me perdone.

No fue mi intención


Estoy saliendo de la universidad cansado, abatido luego de cumplir la ardua labor del estudio cuando escucho una voz a mis espaldas que me llama, que me detiene en mi andadura. Es un señor de un bigote prominente y que expele una gran cantidad de gotas de sudor por la frente mientras se me acerca a paso acelerado.

- Espera muchacho- dice rezagado.
- Dígame señor- digo, fingiendo amabilidad.
- ¿Me puedes ayudar?- pregunta. No me dice en que quiere que lo ayude y va en busca de algo a su carro.
- Estoy algo apurado señor- le digo y creo que no miento, estar exhausto es un buen motivo para estar     apurado en querer irme.
- Necesito que me ayudes con este problema- dice trayendo una hoja e ignorando que le he dicho que estoy apurado.

Tiene un uniforme de la ACP, un carro para uso oficial del gobierno y ahora me trae una hoja. Sospecho que necesita que lo ayude a responder una encuesta. No me gustan las encuestas, me hacen más mentiroso, nunca lleno una hoja de encuestas con la verdad porque nunca las termino de entender.

- A ver si sabes- me reta - ¿cómo se resuelve este problema de matemáticas del mínimo común divisor?

No comprendo, quedo contrariado. Primero pienso que quiere que lo ayude a responder algún tipo de encuesta y ahora este señor de gran bigote me sale con un problema de matemáticas que si mal no recuerdo pertenece a la primaria. Ahora sospecho que este hombre viene con algo de insidia, con perspicacia, queriendo probar el nivel de inteligencia (aunque creo que para esto necesite más de la memoria) del primer estudiante que se le cruce de la famosa Universidad de Panamá, en la cual , supuestamente,  están los mejores estudiantes universitarios a nivel nacional.

Acepto el ‘reto’ que me impone este hombre que desconozco. Confío en mis habilidades (algo que me puede costar un momento vergonzoso), no quiero quedar con un tonto (algo que seguramente soy, pero este tipo no ha podido comprobar todavía) y decirle que no podría resolver ese problema porque no lo recuerdo. No puedo dejar mal a los estudiantes de la universidad  a la que pertenezco. Ojeo la hoja que el señor me entrega y me sumerjo en mis más profundos recuerdos de la primaria, exactamente en el mínimo común divisor que recuerdo a duras penas.

Mientras voy tratando de entender el problema, el orondo hombre me cuenta que, el problema que me ha pedido que le explique y que ayude a resolver pertenece a su esposa que está estudiando (me abstengo de cometer la imprudencia de preguntar la edad de su esposa) y no ha podido comprender ese tema. Ahora me doy cuenta que el señor no ha querido probar mi inteligencia ni mucho menos retarme sino que ayude a su esposa. Otra vez mi presagio ha sido equívoco. 

Empiezo a explicarle mientras voy recordando con claridad cada paso para resolver ese problema (que parecía un problema mayor y ahora pasó a ser un problema mínimo, casi insignificante)
El señor me mira algo perplejo, con una mirada perdida. Yo noto la incógnita en su cabeza porque es claro que no me ha entendido. Siempre me ha costado explicar matemáticas, puede que las entienda pero al momento de explicarlas reflejo lo contrario.

El señor me recuerda que estoy apurado, ahora si se compadece de mi, me dice que no me preocupe, ya verá la forma de resolver su problema.
Pero yo me olvido que estoy apurado, ya no importa. Mi objetivo ya no es largarme lo más pronto posible, no, ahora mi objetivo es explicar, resolver y hacer que comprenda el problema del mínimo común divisor este pobre hombre que fue hasta ahora que había podido conseguir ayuda. No puedo concebir eso e insisto en dejarlo claro con el problema. Empiezo de nuevo a explicarle pero ahora con más calma, paso a paso.

Me esfuerzo en ofrecerle una explicación apacible y es ahora donde se notan los resultados y el señor con animo elevado me dice que me está entendiendo y el final es el mismo: he terminado y me ha entendido. Me extiende la mano, me agradece por el tiempo que le he dedicado. No estoy seguro si me lo dice con total sinceridad, pero no importa, mi ego, mi vanidad se lo creen todo. Me siento orgulloso de mi mismo y sobretodo de mi memoria que no me ha defraudado como lo suele hacer.

Ahora mientras voy caminado, satisfecho de mi ayuda y mi espíritu de buen samaritano se me va creando una duda en la cabeza que me deja inquieto: ¿Habré confundido el mínimo común divisor con el máximo común múltiplo? ¿Es mínimo común divisor? No lo sé.

Cuando llego a casa prendo la laptop y me pongo a investigar. En efecto he confundido el mínimo común divisor, que, ciertamente, no es mínimo común divisor sino máximo común divisor y el mínimo es el común múltiplo. En fin, un enredo, una confusión que me hace pensar que el pequeño problema del señor se lo he multiplicado en dificultad por no haber recordado ese punto, mucho menos habérselo explicado y que mi memoria ya no me parece motivo de orgullo. No fue mi intención haberle explicado mal al señor. Mejor hubiese sido no ayudarlo y haberme ido con mi apuro. Espero no volver a encontrarme con ese señor y si es así espero que haya olvidado mi rostro como yo he olvidado el de él. Si algo habría que rescatar de todo esta confusión es que ante ese hombre no me he visto como un tonto y que posiblemente sea un tonto que inventa argumentos sin sentido para no verse como tal. Al final del día soy solo un tonto huyendo de sí mismo con más afición que con acierto.

Llámame


Hace poco empecé a leer el primer libro de una novela, una trilogía: Follarás mañana. Sabía que la novela tenía buenas críticas, que la primera y la segunda parte (más la segunda parte) estaban interesantes, que habían tenido buena acogida por los lectores y eso me incitó a comprarla, a leerla. 

Cuando fui a comprar el primer libro de la trilogía Follarás mañana, no advertí por la segunda parte, no pregunté si la tenían a la venta, no pensé que la primera me podría dejar inquieto por querer leer la segunda, no creía totalmente que terminaría siendo un buen libro (o un buen libro para mis gustos), solo me dejaba llevar por las buenas críticas e ignoraba las malas. En efecto terminé de leer la primera parte quedé ansioso, intranquilo, angustiado porque no tenía a la mano la segunda parte y la cabeza me daba vueltas pensando en que podría pasar en la segunda parte, en cuál sería su continuación (y digo continuación porque falta la tercera parte que aún no se ha publicado y dicho por el escritor, publicará en febrero). 

Decido ir al Hombre de la Mancha, una librería que cuenta con una infinidad de libros y sé que no me defraudará. Una señora muy amable me pregunta que busco: Follarás mañana, respondo. De inmediato queda confundida (es seguro que no conoce el libro), funge el ceño quizá pensando que soy un grosero, un maleducado. Yo le vuelvo a repetir pero ahora agregando: "el libro" Follarás mañana. Ahora todo es más claro para ella y comprende que busco un libro con ese título un poco (creo que es poco) obsceno y que no he predicho lo que posiblemente hará ella luego de salir de trabajar o algún día de estos: <<follar>> (aunque siendo como era la señora presiento que pasa por un mal tiempo de abstinencia sexual). Espere un momento, —dice ella amablemente—, que buscará en el sistema si el libro está disponible. Yo asiento y espero tranquilo, sin problemas, confiando en que el libro está a la venta y hay con suerte uno que espera por mí, por este lector que ha quedado inquieto tras leer la primera parte de la interesante trilogía Follarás mañana. Ella después de revisar la computadora se acerca, presiento por lo que refleja su rostro que me trae no muy buena noticia y tengo toda la razón. Me dice que se han agotado, que el libro solo lo puedo encontrar en El Hombre de la Mancha de Chiriquí y eso me decepciona (porque es seguro que no iré a Chiriquí por el libro). Confiaba en que esa librería contaba con el libro pero el ``Hombre de la Mancha´´ me ha defraudado. La señora me dice que me puede apuntar en una lista y llamarme para cuando llegue el libro (quizá me lo dice para hacerme sentir mejor, para hacerme saber que ellos pueden conseguir los libros que quieran con tal de satisfacer al cliente, aunque sea con engaños, con falacias; con tal, que de momento el cliente se quede tranquilo, confiando a ciegas en el famoso Hombre de la Mancha). Le doy mi nombre y mi número, ella apunta mis datos en una lista no muy llena, solo unos cuantos nombres (esos pocos que confían en el Hombre de la Mancha, y esperan por la llamada de la buena noticia). Listo— dice ella —. Nosotros lo llamamos. Yo sigo confiando en esa librería, pertenezco a ese pequeño grupo de incautos que confían en ella cegados, inmersos en esa cantidad de libros que poseen. Me voy resignado, mi inquietud persiste porque no tendré en mis manos lo que buscaba y tendré que esperar una llamada incierta. Me estoy yendo, cabizbajo; mientras en silencio a la señora le digo: << Llámame, Mujer de la Mancha>>.

Otro año

En estos últimos días del año quizá cualquiera de nosotros trata de rescatar lo bueno y malo que ha hecho y ha pasado durante el año. Se sabe que no todo puede ser bueno, que nunca estará todo bien (o así lo creo yo), aunque gozar de una buena salud sea estar bastante bien con uno mismo. Quizá pasamos durante el año más cosas buenas que malas. Comparamos con otros años y este año pudo haber sido mucho mejor, este año pudo haber sido el consuelo de otros años poco o nada memorables; y este es mi caso, no puedo evitar esa comparación que hallo reconfortante, vivificante debido a que de los años pasados no guardo muy buenos recuerdos: solo momentos sombríos, momentos intolerables de seguidilla de problemas incalculables, fatigosos. Pero esas memorias son solo memorias, son polvo (quiero pensar que son polvo). Quizás el otro año recuerde este año como uno bueno o uno menos malo que los otros. Ahora me pregunto si la tormenta ya habrá pasada del todo o aún vienen más quizá vestidas de forma distinta a las anteriores o con más fuerza, con más auge. Lo bueno (creo que es bueno) es que ya he sabido sobrellevar estas tormentas dándole muchas veces importancia igual a cero, tratando de ignorarlas, siéndole esquivo a las que he podido y eso me consuela, me tranquiliza en modo alguno.

Puede resultar inútil (pero inevitable) darse el trabajo de mirar siquiera de reojo hacia atrás e inconscientemente lamentarse por cosas que se pudieron haber hecho y no las hicimos, que pudimos ser más buenos (o menos malos), más bondadosas, mejores personas en general pero lastimosamente no es así, esto de alguna forma no funciona así. Entonces somos como somos, pero nosotros no tenemos la culpa, sino la vida misma culpándola de ser injusta cuando todos sabemos (fingiendo no saber) que injustos somos nosotros, casi todos; y los justos, pues casi no existen. Nos atribulamos por el solo hecho de no poder haber actuado bien ante esos momentos donde pudimos haber actuado bien y ahora a poco o nada de finalizar el año prometemos ser una mejor persona el otro año que se aproxima, como cada fin de año prometemos, con casi nada de acierto.
No es mi caso el de lamentarme, no me gusta, el lamento es un ejercicio innecesario: el cual casi nunca practico. Este año venidero a seguir viviendo con tormentas o sin tormentas porque de momento estamos bien, porque seguimos vivos y esto es gratificante. Este año venidero no es otro comienzo, es solo parte de nuestra historia, de nuestro libro y su continuación; que seguiré, mientras pueda, escribiendo. 

El hospital


Mi madre va camino al hospital, está acompañada de mi hermano mayor Piero que va conduciendo porque ella por cosas del destino aún no ha podido sacar su licencia de conducir. Me llama diciéndome que puede pasar por mí a la universidad, pero me dice que luego tendré que acompañarla. Yo acepto encantado. Me recoge y nos vamos.

Llegamos al hospital, entramos y lo primero que siento es un frío atroz. Un frío que al parecer muchos soportan abrigados menos yo. Ella se encarga de acelerarnos el paso adelantándose a nosotros, preguntando por la habitación que ella busca a cualquier persona con traje blanco (o que tenga un traje que diera a entrever que trabajase ahí). Mi hermano y yo la seguimos de inmediato, sabiendo a quién vamos a visitar, a mi tía (que no la siento tan mi tía porque ni yo me comporto como un sobrino con ella ni ella como una verdadera tía conmigo) que está internada para someterse luego a una operación por problemas en el corazón que tiene y que yo desconozco. 

Sigo con el frío atroz, y caminando como si alguien nos siguiera, frotando mis delgados brazos tratando de darles algo de calor. De pronto ojeo una máquina de café (de las que suele haber en los hospitales siempre o quizá casi siempre, no sé), la contemplo como un pirata al descubrir el tesoro. Me apresuro en sacar la billetera y comprarme un cappuccino perfecto para la ocasión y que seguramente aliviaría en algo el frío bestial que siento. No encuentro mi billetera, la dejé en el carro, consternado despierto de ese perplejo estado en el que me encontraba, mi madre también ayuda a que reaccione diciéndome que me dé prisa (una prisa que no comprendo). El frío que siento en ese lugar sigue sin remedio y yo sigo inconscientemente a paso acelerado persiguiendo a mi madre y mi hermano. Llegamos al lugar que mi madre buscaba con tanto ímpetu y muy acelerada. Es una habitación descubierta, poco o nada privada, ocupada por si mal no recuerdo siete ancianas que no lucen nada bien, seguramente por las diferentes enfermedades que cada una padece y  que les ha quitado esa belleza física que algún día de sus vidas pudieron haber tenido. En alguna cama de la gran habitación está mi tía, que como dijo mi madre al lado de todas las demás era una Miss Panamá (mi  linda madre siempre exagerando claro está). Mi tía se emociona al vernos (o al ver a mi madre), yo la saludo con un beso frío, tan frío como el que yo estoy sintiendo en ese lugar. Ahora además del frío siento una sensación de desagrado, de asqueo al ver a las siete ancianas y a mi tía cenar (y pienso que es la cena siendo ya casi las 6:00 pm) en esos platos desechables blancos que con solo ser abiertos expulsan  un olor  insoportable, fétido para mi mal olfato, que en el momento más impreciso se convierte en bueno. Entonces escucho decir (o más bien gritar) al seguridad, un moreno de traje azul marino: <<Se ha terminado la hora de visita>> y nos invita a retirarnos no tan amablemente (entonces comprendo el apuro de mi madre). Me molesta la forma en qué habla el seguridad pero me alegra que me inviten a salir de ese lugar friolezco, lleno de una cantidad desmesurada de enfermos en cada pasillo (porque a lo mejor ya no caben en las habitaciones) de enfermeras gordas, para nada sexys como las que yo imaginaba y de doctores que van y vienen de habitación en habitación atendiendo a sus pacientes. Hago caso sin pensarlo al seguridad retirándome con mi hermano. Mi madre no hace lo mismo, decide quedarse un rato más violando las reglas hospitalarias. Te espero abajo (hubiese preferido decir afuera), le digo. Salgo con mi hermano, escuchando una vez más repetir al seguridad (levantando el tono de su voz) que ya se retiren todos porque se terminó la hora de visita. Pienso que el seguridad cumple su trabajo eficientemente como es o no debido, y grita porque está colmado de la gente que no hace caso omiso a lo que él manda y sólo hace alargar sus horas de trabajo en ese hospital frío y no quiere seguir ahí más tiempo luego de cumplir sus horas debidas porque seguramente su trabajo extra no es recompensado de ninguna manera. Mi madre en ese momento es una de las culpables, ella sigue sin moverse de ahí.
Voy saliendo con mi hermano. Quiero un cappuccino, me dice. Yo también, le contesto. Entramos al ascensor yendo en busca del tesoro (la máquina de café) para tomarnos un cappuccino que pueda calmar el grotesco frío que siento yo y que al parecer mi hermano también. Encontramos con suerte la máquina del café en uno de esos pasillos confundibles, esperamos a que una señora termine de usarla con cierta dificultad. Mi hermano saca un billete de cinco dólares que no fue hasta la cuarta vez, en la cuarta posición que la maquina logra aceptar el billete. Presiona la opción de cappuccino y de pronto la maquina hace un sonido estruendoso que nos hace reír y pensar del porqué del sonido extraño de la máquina. Nos sentamos y bebemos cada uno su seguramente alivioso cappuccino. Me quemo la lengua por la ansiedad de probar el cappuccino y mi hermano se ríe de mí. Mi madre llega. Salimos del hospital y por fin siento el calor de Panamá. El calor que muchas veces he odiado.

Así soy yo

Soy idealista, pero agnóstico. Soy agnóstico, pero siento que necesito de Dios. No soy materialista, pero me gusta ir de compras. Soy optimista aunque nunca esté todo bien. Soy pacifista, pero me gusta el boxeo. No soy cursi, pero creo en el amor. Creo en el amor, pero soy antiromántico. Soy antiromántico, pero no con ella. Soy ingenuo aunque de eso tenga duda. Tengo miedo a la soledad, pero me gusta estar solo. Soy amable, pero me gusta joder. Soy honesto, pero mitómano. Soy limpio, pero desordenado. Soy autónomo, pero necesito de alguien. Tengo amor propio, pero soy autodestructivo. Soy autodestructivo, pero con ideas constructivas. Quiero engordar, pero como poco. Soy liberal, pero no me gusta que fumen en frente mío. Creo en la democracia, pero no voto. No soy competitivo, pero me gusta ganar. No soy chismoso, pero me gusta oír chismes. No hablo mucho, pero escucho mucho. Soy vanidoso, pero no me peino. Quiero a mis padres, pero soy un mal hijo. Quiero a mis hermanos, pero peleo con ellos. Soy comprensivo, pero incomprensible. Respeto las leyes, pero me gusta burlarlas. Soy tímido, pero divertido. Me gusta el dinero, pero no sé ahorrar. Me gusta leer, pero odiaba los libros de la escuela. Me gusta escribir, pero me aburre chatear. Me gusta que me llamen, pero no hablar por teléfono. Creo en la familia perfecta, pero no la tengo. Soy provocador, pero no me gusta que me provoquen. Odio el bullicio, pero me gusta el rock n’ roll. No soy rico, pero vivo bien. No hablo de mi vida privada, pero me gusta oír la de los demás. Tengo principios, pero quiero que se terminen. No consumo drogas, pero a veces me siento dopado. Estoy a favor del aborto, pero me causa tristeza. Soy tolerante, pero no con los necios. Amo el arte, pero no tengo tiempo para él. Me gusta pintar, pero no sé hacerlo. Amo la cultura peruana, pero no sé casi nada de ella. Me gusta conseguir lo que quiero, pero muchas veces muero en el intento. No trato de vivir la vida al máximo porque no llegaría al máximo de mi vida. Trato de ser diferente, pero es difícil. Es difícil, pero vale la pena. Soy realista, pero vivo en mi mundo surreal. Soy tonto, pero no me subestimes. Odio la ignorancia, pero la suelo ignorar. No conozco el infierno, pero a veces me siento ahí. No conozco el cielo, pero les aseguro que es hermoso. Soy seguro, pero no tengo seguro de vida. Me gusta el Cheesecake, pero no me gusta el queso. Soy loco y no sé qué es eso. Soy inmaduro, pero sé cuándo no serlo. Soy vago, pero lucho contra eso. Me gusta escribir y lo que escribo, pero no me gusta explicarlo.