No te he perdonado


Adrián entra a su Facebook. Revisa las solicitudes de amistad.  Son unas cuantas personas que solicitan hacerse su amigo. Revisa a cada uno detenidamente porque no acepta a personas que no conoce. Entre esas personas sobresale una chica. Una chica del pasado a la que no ha perdonado y sin embargo ella cree que puede amistarse con Adrián. ¿Qué pasó con esa chica a la que Adrián recuerda claramente y no ha podido perdonar?

Adrián, cuando cursaba el quinto año escolar, tuvo un altercado con esta chica. Se había sentado en una silla cuando todos salían a su tiempo libre. Adrián acostumbraba a quedarse en el salón en ese momento. No sabía de quién era ese puesto. En esa silla había una agenda (era, seguro, de alguna de las chicas del salón que solían usar agendas coloridas). Inocentemente Adrián abrió esa agenda que le llamó la atención y la cerró inmediatamente.

Todo estaba en orden hasta que se acabó el tiempo libre. Todos entraron al salón, cada uno se colocó en su puesto. La clase de geografía ya había empezado, entonces saltó de su puesto Dariana Ortencio, reclamando un dinero que se le había perdido y que se encontraba (supuestamente) en aquella agenda colorida que Adrián tuvo la curiosidad de abrir. Estaba molesta, no comprendía cómo pudo habérsele perdido el dinero que tenía guardado descuidadamente en esa agenda. La profesora quedó muda. Mientras tanto, Dariana Ortencio seguía inquieta, buscando entre las páginas de la agenda sin encontrar nada. De repente señala a Adrián, asegurando haberlo visto sentado en su puesto y abriendo su agenda antes de que saliera a su tiempo libre. La profesora seguía muda. En efecto, Adrián estuvo sentado en ese puesto que no era el suyo y abrió, inocente y curioso, esa agenda buscando nada ni encontrando nada. Quedó pasmado, atónito, porque en pocas palabras Dariana Ortencio lo acusaba de ladrón, de haberle hurtado aquel dinero que, dudosa e improbablemente, ella había guardado en aquella agenda. De inmediato le dice a Adrián, con voz despótica que se lo tiene que pagar, asegurando que fue él quién hurtó ese dinero. Adrián se enfada, no soporta el hecho de que lo acusen en público, abochornándolo y dejándolo como un auténtico ladrón ante sus demás compañeros. Qué pensarían: el extranjero ladrón, peruano tenía que ser, para eso invaden nuestro país. Coño, seguro yo vengo al colegio a robarme el dinero de esa gorda insoportable, qué se ha creído, pensaba Adrián mientras Dariana Ortencio, sañuda, lo seguía acusando como si fuera un vil ladrón de colegio.

Lo que más enfureció a Adrián fue escuchar a su consejera advertirle acerca de que tenía que pagar ese dinero. Se rehusaba a pagarlo. Era una injusticia atroz la que cometían con él. Alegaba que Dariana Ortencio podía habérselo gastado en otras cosas ajenas a la que se dirigía ese dinero (era un dinero de la madre que tenía que llevar de regreso). ¿Qué hacía Dariana Ortencio paseando una cantidad de dinero que no era el suyo, metido en una agenda y llevándolo al colegio? A Adrián le parecía absurdo, no confiaba en las palabras de esa chica. Tenía la plena seguridad que se quería pasar de viva y recuperar el dinero a costas de otra persona habiendo podido perder el dinero en otro lugar.

Otra cosa que disgustó a Adrián fue cuando el salón acordó reunir el dinero y devolvérselo a Dariana. Le hervía la sangre de pensar que Dariana Ortencio se saldría con las suyas, que con esa recaudación, de modo alguno, aceptaran que Adrián era un ladrón y que se solidarizaban con él para devolverle el dinero paz y salvo a la gorda fofa e insoportable de Dariana Ortencio.

Unos días después, ya recaudado el dinero, la consejera llamó a su escritorio a Adrián. Le explicó que ese día llegaría la madre de Dariana Ortencio y el tendría que dar la cara y devolver aquel dinero con sus propias manos. La puta que la parió, si antes me acusaban y pensaban que era un ladrón, ahora esta profesora de mierda me está asegurando, con su genial idea, que lo soy y que tengo que dar la cara, pensó Adrián. No, profesora, entréguelo usted. Yo no me robé nada y no tengo que dar ninguna cara. La señora me llamó y quiere hablar con usted, Prellwitz. No tengo nada que hablar con esa señora. Ya llegó, coge el dinero y  acompáñeme. No cogeré nada. La consejera le entregó el dinero en nombre del alumno Adrián Prellwitz a la madre de Dariana Ortencio. Cuando Adrián oyó eso le dieron ganas de dos cosas: o se tiraba él del balcón del segundo piso en donde se encontraban o tiraba a la profesora. La empezó a odiar desde ese preciso instante. Adrián se sentía humillado, oía unas palabras sin sentido de la madre y no aceptaba verse como un ladrón. Otra vez lo habían humillado. En ese momento odió a todos en esa escuela. No se merecía tal bochorno innecesario e injusto.

Adrián volvió a revisar las solicitudes de amistad e hizo una pausa en el nombre de Dariana Ortencio. La rechazó, declinó de ser su amigo. Ni en esa red social podía verse como amigo de la chica que lo había humillado ante todos en el colegio. Pero Adrián, no evitó enviarle un mensaje privado, que nunca tuvo respuesta alguna: no te he perdonado.



Cosas que pasan


I

Estoy en la parada de metrobuses. Una señora de avanzada edad me ha reconocido. Me sonríe. Yo no entiendo por qué el gesto, supongo que es porque siente que necesito una sonrisa debido a que no ando con buena cara y ella cree poder cambiármela. Asiento y también le sonrío.                                                                                                      
—¿Cómo te va? — pregunta ella como si me conociera de toda la vida.  
—Muy bien, —miento, —nunca estoy «muy bien».
—¿Ya saliste de la academia?—pregunta segura de que yo he estado en alguna academia.
—Sí, hace tiempo, —no miento. —Me ha hecho recordar que yo estuve en una escuela privada llamada La Academia y en efecto me salí de ahí hace mucho tiempo porque no me gustaba.  Lo que ciertamente no recuerdo es haber visto a esa señora nunca . Ni como profesora de alguna materia aburrida de las tantas que daba ni como la directora de la escuela y menos como madre de alguno de mis compañeros porque no conocía a ninguna madre. Por suerte ha llegado el metrobús y la señora por alguna razón no ha subido. Espero tener la misma suerte de no volvérmela a encontrar, porque todo el camino me he estado preguntando como es que no logro recordarla y ella a pesar de su avanzada edad me recuerda claramente.

II

Estoy en el banco acompañando a mi papá a depositar un dinero. Me siento en uno de esos tres muebles, que por cierto son muy cómodos. Me pongo a leer el periódico que mi papá me ha dado para sostener mientras realiza el depósito. Estoy leyendo, caigo fortuitamente en la sección de espectáculos, mientras en frente mío un señor de bigote prominente camina inquieto de un lado a otro un poco inquieto. Deja de caminar, se para al lado mío y asoma su cara con gran imprudencia a ver lo que leo.
—¿Esa es Sandra?— pregunta viendo a una mujer en el periódico con una ropa sugerente, pintoresca,  con pinta de bailarina.  
—No sé, no conozco a Sandra, —respondo sin haber leído nada acerca
de esa mujer.    
—Sí, ella es Sandra Sandoval,—me asegura. —yo he ido a los bailes que hace ella y realmente se mueve muy bien, qué mujer. —Finaliza.
Ya entiendo porqué esa mujer sale en la sección de espectáculos del periódico, solo sus vestimenta de colores chillones es un espectáculo para la vista, una cosa muy particular. No hay mejor sección para ella que la de espectáculos, pienso. Mi papá termina de depositar. Dejo de leer el periódico. El señor sigue inquieto caminando de un lado a otro. Ahora gracias a aquel señor de bigote prominente conozco a la famosa Sandra Sandoval, aunque sea por foto, porque tengo la certeza de que nunca asistiré a alguno de sus bailes, probablemente tan concurridos.

III

Estoy en el estudio escribiendo. Desde el estudio tengo visión hacia mi cuarto. Veo como mi madre entra tranquilamente a mi cuarto y va directo a mi guardarropa como si algo buscara, como si quisiera alguna prende de mi guardarropa. Al parecer no encuentra lo que busca y se empieza a inquietar, se desespera en su búsqueda mientras yo la observo por momentos sigilosamente y sigo escribiendo.  En efecto no encuentra lo que busca y me interrumpe. 
—¿Dónde está la camisa verde de cuadros que casi no usas?—Pregunta con voz angustiosa.
—Se la di a Piero—Respondo con voz serena.
—¿Para qué?— pregunta aún más preocupada.
—Para que la lleve a planchar (como no es costumbre, porque en mi casa casi nunca mandamos a planchar la ropa a ningún lado) con otro par de camisas más que quiero volver a usar —respondo.            
—¡Ángel, había guardado  mil dólares en el bolsillo de esa camisa y a ti se te va a ocurrir precisamente ahora mandar a plancharla cuando nunca lo has hecho! — Se exalta ella.
Quedo callado, culpable. Mi madre se apura en ir al lavamático. Va con Pierre. Yo me quedo esperando a que traigan de vuelta los mil dólares. Mi otro hermano está seguro que no vendrán con el dinero de vuelta, asegura que ya está perdido, yo permanezco callado, él insiste en que el dinero ya se lo deben haber robado. Piero y mi madre vuelven al rato, vienen tranquilos, sonreídos, la pequeña tormenta ha pasado, han encontrado el dinero. El muchacho que plancha se lo había dado a la dueña, una china notablemente honesta, que cuando mi madre preguntó por el dinero inmediatamente se lo devolvió completo. Al fin y al cabo mi madre no volvió con los mil dólares completos, el planchador se había ganado una recompensa por su honradez.

IV

Estoy en la panadería. Un señor, que tiene entre cincuenta y sesenta años, se me acerca (él me conoce y yo no a él), me extiende la mano y yo también se la extiendo sin problemas aunque sin entender su amabilidad. Sospecho que algo quiere, es un saludo interesado; no puedo pensar otra cosa.                                                             
—¿Cómo estás muchacho? —pregunta aun siendo amable. — ¡cómo has crecido! — Sentencia.           
—Creo que bien (siendo el crecer una señal de estar físicamente bien),—respondo mientras sigo pensando que el señor quiere algo, pero no sé qué es y dudo que sea el saber acerca de mi bienestar, pensando en cuándo me habrá visto chico y ahora ha notado que he crecido.                                                                                                        
—Me enteré que tu abuelo falleció,—me sorprende,—pero lo dice con algo de duda, esperando que yo le asegure lo que, al parecer, le han dicho y ha tenido la suerte de encontrarse conmigo para que se lo confirme y entonces soy yo el que por ahora ha confirmado que su saludo ha sido absolutamente interesado.
—Sí, falleció—respondo cortante, pero dándole el gusto y ya no me interesa seguir escuchándolo.
—Yo era muy buen amigo de él, lo conocía hace mucho— me cuenta y no me interesa— qué tristeza, se lamenta, y no le creo.
Escucharlo ahora me fastidia, me hincha los cojones. Es un hipócrita, pienso. Es seguro que no era buen amigo de mi abuelo. A mi abuelo lo saludaba mucha gente y luego murmuraba: ‘’no recuerdo donde haberlo conocido’’ y estoy seguro que si este señor lo hubiese saludado hubiese murmurado lo mismo, exactamente con las mismas palabras. No soporto al señor hablándome. Es un viejo entrometido, mentiroso y no lo sigo escuchando. Me voy sin despedirme. Está claro que él no pudo haber sido buen amigo de mi abuelo. ¿Qué buen amigo se entera de tu muerte un año después?

La mujer etérea


La mujer baja de su auto, es un Hyundai dorado. Tira un cigarrillo a medio fumar a casi medio metro de ella y lo pisa, inmediatamente, un escupitajo a no menor distancia.

Es rubia, de cabello medio largo y suelto. Es de tez blanca, pero está ligeramente bronceada. Tiene puestos unos lentes oscuros que ocultan quizás unos ojos acabados de llorar o en todo caso que la cubren del sol que no es muy sofocante como de costumbre. La mujer no es muy alta o no es alta, pero eso no es impedimento para notar que posee unos atributos deseables, atractivos, pero sobre todo y esto es lo que más me llama la atención, posee una belleza tranquila, natural. Lleva puesto una camiseta de tiras que dejan a la vista de cualquiera percibir la firmeza de unos senos prominentes, blue jean ajustado y sandalias.

La miro con asombro, ensimismado, porque a pesar de haber arrojado ese escupitajo feroz y ser claramente una fumadora la mujer no me produce una impresión desagradable, en cambio lo que me provoca es una extraña admiración, como si llevara escrito en la frente (o en el mejor de los casos en el pecho): ''Soy lo que soy, quiéreme o te vas a la mierda''.

Está sola. Es una chica inteligente. Las personas inteligentes siempre están solas, pienso mientras la veo disimuladamente. Cierra el carro mientras este hace un sonido extraño y camina hacia el centro comercial. Camina a paso ligero, al parecer no tiene apuro, esquivando a los hombres que la miran con ojos lujuriosos. Yo camino unos metros detrás de ella. Parece ser que nuestro camino es el mismo. Dichosa coincidencia. Nos echamos a andar, yo detrás de ella, claro está, como si la siguiera, tratando de que ella no se dé cuenta.

Es encantador verla mientras camina. Primero ver su cabello rubio suelto que desemboca en su media espalda con finas ondulaciones. Sus hombros llenos de lunares y pecas contrastan con su bronceado y yo encantado de mirarla, de ver como camina, de presenciar a esa criatura ajena a mi moviéndose. Me ha dejado pasmado como hace tiempo una chica no lo hacía y eso me ha hecho recordarla a ella, a esa mujer que me fue esquiva hace un par de años.

Entra a la cafetería, pide una café. Yo pido un cappuccino mientras espero a mis padres. La mujer se sienta, se quita los lentes, me deja ver esos ojos color almendra hechizantes, revisa el celular, toma un sorbo del café y hace un gesto de desagrado. No le gusta el café pero lo ha pedido para sentarse ahí mientras espera a alguien. Yo tomo un sorbo de mi cappuccino y también hago ese mismo gesto de desagrado, porque no lo había endulzado. La mujer divisa el lugar, como buscando a alguien con la mirada perdida mientras intenta tomarse otro sorbo de su café. Vuelve a revisar el celular y sin dudarlo echa para atrás su silla, se levanta, coge su cartera, como el cigarrillo el café también lo ha dejado ahí a medias. Mientras camina para irse pasa por la mesa en la que estoy yo y me regala una sonrisa cómplice, pícara, como si supiera que por casualidad la he seguido hasta ese café, que la he estado observado desde que se bajo del auto. No cabe duda que es una mujer inteligente y sabe que jamás la volveré a ver, por eso me regala ese gesto adulador. Quizás sea extranjera, no lo sé. Lo único que sé es que mientras se iba la he seguido con la mirada y pensado que esa mujer me ha recordado mucho a ella, a esa mujer que ya no esta y que no sé donde esta.

Ir a la iglesia


Mi madre me ha pedido ir al culto de la iglesia. Se lo ha pedido a mi hermano mayor y a mi que no solemos asistir. Me lo ha pedido con más vehemencia que otras veces para que la acompañe, porque dice que será un día especial en la iglesia, celebrarán el día del pentecostés (no sé que es eso). Luego de tantos esquivos y negaciones para evitar asistir a la iglesia, mi madre ha conseguido que acepte porque ya no he podido inventarle otra excusa más para que la acompañe a esa ceremonia profundamente aburrida. Entonces iré a la iglesia no porque me nazca ir, asistiré a la iglesia para complacer a mi madre y permitirme ser, por un par de horas, un buen hijo. Tengo claro que ir a la iglesia sin fe es como ir a un restaurante sin hambre. Uno no puede ir a la iglesia simplemente porque otra persona quiere o te obliga que vayas. Eso, señores, debe nacer de uno mismo.


Me he vestido decentemente porque no quiero que cuando lleguen me vean como un bicho raro que no respeta la iglesia, que le da igual llegar de forma desfachatada a la casa de Dios. Me he vestido de forma decente porque sé que a mi madre le gusta verme vestido así cuando voy a la iglesia.

Hace años no asisto a la iglesia. Hace mucho tiempo no rezo. Desde los dieciséis años no creo totalmente en Dios, deje de creer porque esas ideas no iban con las mías. Hace un par de días me persigné a causa de un impulso repentino y extraño a mis costumbres morales y religiosas. Durante un par de años fui deísta porque de cierta forma creía en Dios. No pertenezco a ningún tipo de religión debido a que mis padres nunca decidieron bautizarme. Considero que han hecho bien en no hacerlo y escoger a su criterio mi tipo de religión. Los padres no deberían bautizar a sus hijos sin dejar que ellos decidan libremente la religión a la que quieren pertenecer, o en cierto caso, como el mío, no pertenecer a ninguna religión y considerarse agnóstico. Como una vez dijo Dalai Lama: la mejor religión es la que te aproxima más al Universo, al Infinito. Es aquella que te hace mejor. Aquello que te hace más comprensivo, más sensible, más desapegado, más amoroso, más humanitario, más responsable, más ético. La religión que consiga hacer eso de ti es la mejor religión. Esta definición la considero sabia e irrefutable acerca de lo que debería ser la religión para cada uno de nosotros.

Cuando he llegado a la iglesia me he sentido principalmente hipócrita. A la entrada habían como cinco señoras mayores que recibían a las personas extendiéndole la mano y diciendo cada una: ‘Bienvenido, Dios lo bendiga’. Y digo que me sentía principalmente hipócrita porque yo impostaba una sonrisa entre tonta y amable y les daba las gracias cuando todos respondían ‘amén’. Pero yo no puedo responderles con el amén, no puedo llegar y sentirme que sigo esas reglas verbales litúrgicas o como se llamen. No puedo llegar y sentirme igual de creyente como los demás, que no son todos seguramente. Perdónenme, pero soy lo que soy. Pensábamos que habíamos llegado tarde (un alivio para mi), pero aun no había empezado el culto y nos sentamos en unas sillas cubiertas de una tela azul a esperar que empiece el culto. En mi caso no esperaba que empiece, sino que termine.

Las pocas veces que he ido a la iglesia he podido sentir dos cosas totalmente distintas. Alguna que otra vez he sentido, al entrar a la iglesia, una cierta tranquilidad espiritual, como si estar allí adentro fuera la paz que necesito y que no tengo en casa. Pero otras veces, y esta vez ha sido el caso, he entrado incrédulo, frívolo, y he quedado contrariado con cada palabra que parloteaba el pastor, viéndome aplaudir forzosamente cuando cantaban porque mi pequeño hermano me lo pedía, bostezando despiadadamente e irrespetando la casa de Dios. No he debido de asistir, pienso, mi madre no me tuvo que haber pedido que venga. No es extraño estar ahí y ver que más de uno está ahí igual de aburrido que yo, como si estuvieran obligados a estar ahí. No es extraño ver a la mayoría aplaudiendo y cantando y levantando las manos con una fe fervorosa que me resulta ajena, que la admiro y me conmueve, una fe que se me ha hecho esquiva.

Gracias a Dios luego de cuatro largas horas el culto se ha terminado. Sin duda no la he pasado nada bien, aunque complacer a mi madre de modo alguno me hace sentir bien. Me han gustado las dramatizaciones que han hecho los chicos y chicas de la iglesia, ha sido lo más entretenido y notable para mi. Ir a la iglesia no es malo, ir a escuchar la palabra de Dios tampoco es malo, mientras quien lo haga, lo haga con fe. Por esa razón, no volveré por un buen tiempo a la iglesia. No creo que mi madre me lo vuelva a pedir. Ella sabe que mis creencias no son tan fuertes como la de mi hermano menor o como las de ella, lo que no sabe es que tiene un hijo agnóstico y que no se lo he dicho para evitar discrepancias con ella. Por ahora tengo un conflicto religioso en mi cabeza que no me permite creer en un Dios, aunque creo en el Dios que está en la consciencia de mi hermano y mi madre.

Que Dios bendiga a mi familia y si no es mucho pedir, me perdone.

No fue mi intención


Estoy saliendo de la universidad cansado, abatido luego de cumplir la ardua labor del estudio cuando escucho una voz a mis espaldas que me llama, que me detiene en mi andadura. Es un señor de un bigote prominente y que expele una gran cantidad de gotas de sudor por la frente mientras se me acerca a paso acelerado.

- Espera muchacho- dice rezagado.
- Dígame señor- digo, fingiendo amabilidad.
- ¿Me puedes ayudar?- pregunta. No me dice en que quiere que lo ayude y va en busca de algo a su carro.
- Estoy algo apurado señor- le digo y creo que no miento, estar exhausto es un buen motivo para estar     apurado en querer irme.
- Necesito que me ayudes con este problema- dice trayendo una hoja e ignorando que le he dicho que estoy apurado.

Tiene un uniforme de la ACP, un carro para uso oficial del gobierno y ahora me trae una hoja. Sospecho que necesita que lo ayude a responder una encuesta. No me gustan las encuestas, me hacen más mentiroso, nunca lleno una hoja de encuestas con la verdad porque nunca las termino de entender.

- A ver si sabes- me reta - ¿cómo se resuelve este problema de matemáticas del mínimo común divisor?

No comprendo, quedo contrariado. Primero pienso que quiere que lo ayude a responder algún tipo de encuesta y ahora este señor de gran bigote me sale con un problema de matemáticas que si mal no recuerdo pertenece a la primaria. Ahora sospecho que este hombre viene con algo de insidia, con perspicacia, queriendo probar el nivel de inteligencia (aunque creo que para esto necesite más de la memoria) del primer estudiante que se le cruce de la famosa Universidad de Panamá, en la cual , supuestamente,  están los mejores estudiantes universitarios a nivel nacional.

Acepto el ‘reto’ que me impone este hombre que desconozco. Confío en mis habilidades (algo que me puede costar un momento vergonzoso), no quiero quedar con un tonto (algo que seguramente soy, pero este tipo no ha podido comprobar todavía) y decirle que no podría resolver ese problema porque no lo recuerdo. No puedo dejar mal a los estudiantes de la universidad  a la que pertenezco. Ojeo la hoja que el señor me entrega y me sumerjo en mis más profundos recuerdos de la primaria, exactamente en el mínimo común divisor que recuerdo a duras penas.

Mientras voy tratando de entender el problema, el orondo hombre me cuenta que, el problema que me ha pedido que le explique y que ayude a resolver pertenece a su esposa que está estudiando (me abstengo de cometer la imprudencia de preguntar la edad de su esposa) y no ha podido comprender ese tema. Ahora me doy cuenta que el señor no ha querido probar mi inteligencia ni mucho menos retarme sino que ayude a su esposa. Otra vez mi presagio ha sido equívoco. 

Empiezo a explicarle mientras voy recordando con claridad cada paso para resolver ese problema (que parecía un problema mayor y ahora pasó a ser un problema mínimo, casi insignificante)
El señor me mira algo perplejo, con una mirada perdida. Yo noto la incógnita en su cabeza porque es claro que no me ha entendido. Siempre me ha costado explicar matemáticas, puede que las entienda pero al momento de explicarlas reflejo lo contrario.

El señor me recuerda que estoy apurado, ahora si se compadece de mi, me dice que no me preocupe, ya verá la forma de resolver su problema.
Pero yo me olvido que estoy apurado, ya no importa. Mi objetivo ya no es largarme lo más pronto posible, no, ahora mi objetivo es explicar, resolver y hacer que comprenda el problema del mínimo común divisor este pobre hombre que fue hasta ahora que había podido conseguir ayuda. No puedo concebir eso e insisto en dejarlo claro con el problema. Empiezo de nuevo a explicarle pero ahora con más calma, paso a paso.

Me esfuerzo en ofrecerle una explicación apacible y es ahora donde se notan los resultados y el señor con animo elevado me dice que me está entendiendo y el final es el mismo: he terminado y me ha entendido. Me extiende la mano, me agradece por el tiempo que le he dedicado. No estoy seguro si me lo dice con total sinceridad, pero no importa, mi ego, mi vanidad se lo creen todo. Me siento orgulloso de mi mismo y sobretodo de mi memoria que no me ha defraudado como lo suele hacer.

Ahora mientras voy caminado, satisfecho de mi ayuda y mi espíritu de buen samaritano se me va creando una duda en la cabeza que me deja inquieto: ¿Habré confundido el mínimo común divisor con el máximo común múltiplo? ¿Es mínimo común divisor? No lo sé.

Cuando llego a casa prendo la laptop y me pongo a investigar. En efecto he confundido el mínimo común divisor, que, ciertamente, no es mínimo común divisor sino máximo común divisor y el mínimo es el común múltiplo. En fin, un enredo, una confusión que me hace pensar que el pequeño problema del señor se lo he multiplicado en dificultad por no haber recordado ese punto, mucho menos habérselo explicado y que mi memoria ya no me parece motivo de orgullo. No fue mi intención haberle explicado mal al señor. Mejor hubiese sido no ayudarlo y haberme ido con mi apuro. Espero no volver a encontrarme con ese señor y si es así espero que haya olvidado mi rostro como yo he olvidado el de él. Si algo habría que rescatar de todo esta confusión es que ante ese hombre no me he visto como un tonto y que posiblemente sea un tonto que inventa argumentos sin sentido para no verse como tal. Al final del día soy solo un tonto huyendo de sí mismo con más afición que con acierto.

Llámame


Hace poco empecé a leer el primer libro de una novela, una trilogía: Follarás mañana. Sabía que la novela tenía buenas críticas, que la primera y la segunda parte (más la segunda parte) estaban interesantes, que habían tenido buena acogida por los lectores y eso me incitó a comprarla, a leerla. 

Cuando fui a comprar el primer libro de la trilogía Follarás mañana, no advertí por la segunda parte, no pregunté si la tenían a la venta, no pensé que la primera me podría dejar inquieto por querer leer la segunda, no creía totalmente que terminaría siendo un buen libro (o un buen libro para mis gustos), solo me dejaba llevar por las buenas críticas e ignoraba las malas. En efecto terminé de leer la primera parte quedé ansioso, intranquilo, angustiado porque no tenía a la mano la segunda parte y la cabeza me daba vueltas pensando en que podría pasar en la segunda parte, en cuál sería su continuación (y digo continuación porque falta la tercera parte que aún no se ha publicado y dicho por el escritor, publicará en febrero). 

Decido ir al Hombre de la Mancha, una librería que cuenta con una infinidad de libros y sé que no me defraudará. Una señora muy amable me pregunta que busco: Follarás mañana, respondo. De inmediato queda confundida (es seguro que no conoce el libro), funge el ceño quizá pensando que soy un grosero, un maleducado. Yo le vuelvo a repetir pero ahora agregando: "el libro" Follarás mañana. Ahora todo es más claro para ella y comprende que busco un libro con ese título un poco (creo que es poco) obsceno y que no he predicho lo que posiblemente hará ella luego de salir de trabajar o algún día de estos: <<follar>> (aunque siendo como era la señora presiento que pasa por un mal tiempo de abstinencia sexual). Espere un momento, —dice ella amablemente—, que buscará en el sistema si el libro está disponible. Yo asiento y espero tranquilo, sin problemas, confiando en que el libro está a la venta y hay con suerte uno que espera por mí, por este lector que ha quedado inquieto tras leer la primera parte de la interesante trilogía Follarás mañana. Ella después de revisar la computadora se acerca, presiento por lo que refleja su rostro que me trae no muy buena noticia y tengo toda la razón. Me dice que se han agotado, que el libro solo lo puedo encontrar en El Hombre de la Mancha de Chiriquí y eso me decepciona (porque es seguro que no iré a Chiriquí por el libro). Confiaba en que esa librería contaba con el libro pero el ``Hombre de la Mancha´´ me ha defraudado. La señora me dice que me puede apuntar en una lista y llamarme para cuando llegue el libro (quizá me lo dice para hacerme sentir mejor, para hacerme saber que ellos pueden conseguir los libros que quieran con tal de satisfacer al cliente, aunque sea con engaños, con falacias; con tal, que de momento el cliente se quede tranquilo, confiando a ciegas en el famoso Hombre de la Mancha). Le doy mi nombre y mi número, ella apunta mis datos en una lista no muy llena, solo unos cuantos nombres (esos pocos que confían en el Hombre de la Mancha, y esperan por la llamada de la buena noticia). Listo— dice ella —. Nosotros lo llamamos. Yo sigo confiando en esa librería, pertenezco a ese pequeño grupo de incautos que confían en ella cegados, inmersos en esa cantidad de libros que poseen. Me voy resignado, mi inquietud persiste porque no tendré en mis manos lo que buscaba y tendré que esperar una llamada incierta. Me estoy yendo, cabizbajo; mientras en silencio a la señora le digo: << Llámame, Mujer de la Mancha>>.